Participación no participativa

Está de moda decir que un proyecto de cooperación internacional que trabaja con una comunidad es participativo. De hecho, ya casi nadie que vaya a publicar un artículo sobre los resultados de un proyecto en el que haya trabajado se atreve a no incluir la palabrita: “parcicipación”. Y algunos, incluso más atrevidos, apuntan más alto… “empoderamiento”.

Pero es precisamente eso lo que está haciendo perder la esencia a la participación, algo importantísimo. Todo el mundo lo dice, pero nadie lo hace.

La participación en este contexto significa que el rol de los cooperantes externos (investigadores, una ONG, formadores, etc…) sea de facilitador, más que de ejecutor del proyecto. Por qué? Porque las personas que llevan toda su vida viviendo en esa comunidad saben acerca de sus problemas, y sus posibles soluciones. Porque esas personas tienen el derecho y el deber de intervenir y participar para mejorar su propia situación, y tomar las riendas. Porque lo saben hacer. Y lo último, porque es justo que no dependan del exterior, sino que refuercen sus capacidades y esto sirva para hacer los esfuerzos sostenibles.

Pero muy a menudo, en muchos proyectos autodenominados “participativos” , el papel que se le adjudica a la comunidad es el de un mero instrumento para facilitar información a los cooperantes externos, que la usan para hacer lo que ellos mismos quieren, a su manera, tanto a la hora de hacer una investigación de campo, como implementar un programa y evaluar resultados.

¿Un secreto a voces?


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