De eso de salir a correr
Hace un año, más o menos, que empecé a correr regularmente, básicamente, por eso de querer hacer ejercicio sin tener que encerrarte en un gimnasio, sin tener que depender de nada más que tu disponibilidad y tus ganas de hacerlo.
No hay nada de poético en esto. Sudas, te agotas, te duele todo el cuerpo al día siguiente, ves como todo el mundo te adelanta, y a veces te dan calambres o dolores musculares que te obligan a parar. Para colmo, llega el invierno, le da por llover, y pasas días y días sin enfundarte las zapatillas, sin mover un músculo. Pero un día vas y logras correr más de tres kilómetros. Una semana más tarde te planteas que, por agotado que te encuentres, si sales a correr no vas a hacer menos de tres kilómetros; de ahí para arriba, siempre. Y, otro día, en mitad de la carrera, de noche, se pone a llover a cántaros y decides seguir, simplemente porque sí. Notas que los demás corredores se han ido a casa, y que los cuatro gatos con los que te cruzas van refugiándose de la lluvia como pueden, cubriéndose la cabeza con el chándal o la mochila, y te miran raro. Estás chorreando, apenas con unos pantalones cortos y una camiseta de algodón que ahora pesa un quintal, te molesta el agua en los ojos, y encima ahora te tienes que preocupar de esquivar los charcos. Cuando miras la lluvia con el contraluz de las farolas te das cuenta de que, efectivamente, está cayendo la del quince. Sigues, en completo silencio, ya sin música, hasta unos 5 o 6 kilómetros; más de lo que habías hecho nunca. En ese momento descubres que estás agotado, que las piernas apenas se mueven por algo más que inercia, que necesitas resguardarte y cambiarte de ropa… y que tienes fuerzas para afrontar el lunes, la semana, y lo que te echen. Y, a pesar de la lluvia, vuelves a casa sin bajar ni un sólo momento la mirada.
Ha habido un esguince de tobillo, un nosequé en la rodilla izquierda que aún me sigue dando la lata, y ahora una molestia tontorrona en el pie que me ha obligado a volverme nada más salir a trotar esta mañana. Pero ya he integrado esto de correr en mi día a día. Me compré unas zapatillas decentes y, recientemente, más camisetas, de esas que transpiran bien. Pienso en correr constantemente, como algo que me estimula, y me obligo a salir a correr al menos tres veces a la semana, diez kilómetros cada vez, intentando alternar algún día esporádico con series, mayor distancia, o cuestas. ¿Conoces la sensación de llevar corriendo, de noche, ya unos 6-7 kilómetros, y decidir en ese momento que vas a subir hasta la Alhambra, también corriendo? ¿La sensación de llegar exhausto allá arriba, pasar por la puerta del Palacio de Carlos V y asomarte a ver el Albaicín, con todo completamente en silencio? A veces vuelves a casa agotado, con alguna molestia que te deja preocupado, o sin saber muy bien por qué tardaste dos o tres minutos más que la última vez, pero otras veces vuelves descansado, como si ya hubieras acostumbrado a tu cuerpo a aguantar esto, e incluso con una sonrisa tonta por haberle robado treinta segundos al cronómetro.
No sé en qué pienso cuando salgo por ahí. Aunque parezca una tontería como un templo, al principio sólo pienso en lo mucho que cuesta arrancar, y al final en que ya me queda poco, que esto ya está casi terminado, y que me toca dar ese último estirón. ¿Y en medio? Pues un poco de todo… en la letra de las canciones que escucho, en el marrón que tengo pendiente de solucionar mañana, en que a ver si pillo al que va delante mía, o en lo que quiero hacer con mi vida. Y a veces, en nada, sencillamente.
A veces te deja exhausto. Pero a veces, como con esos juguetes que tienen una pequeña manivela en el costado, cada zancada te da un poco más de cuerda para el siguiente paso.
Acerca de esta entrada
Actualmente estás leyendo “De eso de salir a correr,” una entrada de Bruno Abarca.
- Publicado el
- 13 de November de 2011 a las 14:24
- Categoría:
- Reflexiones


5 comentarios
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