Con los brazos abiertos

Me has recibido con los brazos abiertos. Desde mi llegada, al poner los pies en tierra en Toncontín (Tegucigalpa), y hasta mi salida, ya desde Nicaragua. Ha sido tu suelo, tu gente, tus casualidades y yo, supongo. Cruzaba los dedos para perder el vuelo de San Salvador a Madrid y poder quedarme más tiempo en el continente. Pero ya voy de vuelta. ¿De vuelta a casa? No sé, para mí que eso de “casa” está dentro, y en todas partes. El resto son paredes. Y sentirlo así me da la vida.

No sabría decir qué he aprendido, pero sí que quiero seguir aprendiéndolo. Me siento en mi sitio, en mi futuro, y así quiero que sea. No te lo voy a negar; me da miedo seguir en Granada más tiempo, porque no quiero atenuar las ganas a base de comodidad y rutina. Porque no sé cuándo podré volver a despegar rumbo al Sur y ya lo echo de menos. Estoy en deuda y quiero pagarla.

Ya he hablado en otras ocasiones de la pobreza. Jodida pobreza, que pudre desde dentro, poco a poco y para siempre; podrida de injusticia, fuente de ignorancia y más pobreza. No la vamos a arreglar ni tú ni yo (es más, hablar de “arreglar” es como decir, erróneamente, que alguna vez todo funcionó bien), ni tampoco las ONGs y organizaciones internacionales, que por cada dos pasos adelante dan uno y medio hacia atrás y otro hacia un lado, en una lenta espiral que para cuando ha recorrido trescientos sesenta grados, ya no sabe ni donde se encuentra ni hacia donde iba.

Lo de la pobreza, para entendernos, está chungo. Nos echamos las manos a la cabeza al hablar de un 20% de desempleo en España, y aún esas cifras son completamente incomprensibles en la mayoría del planeta. Tegucigalpa se divide en dos: los que viven en la calle porque no pueden entrar a un centro comercial, y los que viven en un centro comercial por miedo a salir a la calle. En las calles de Managua, una ciudad cuya identidad quedó sepultada por la violencia y los terremotos, el pegamento sigue siendo refugio para muchos que no tienen muchas más opciones. En la Mosquitia hondureña, la malaria es endémica, el acceso a agua y saneamiento es un lujo, y el naufragio de botes cargados de droga es lo que, periódicamente, reactiva la economía local y llena los bares de borrachos.

Parafraseando a Galeano (perdona), la riqueza (la de verdad, quiero decir) es lo que hacemos, juntos, para dejar de ser pobres, unos y otros. Y si uno mira, ve ejemplos de riqueza en todos lados: en los que montan a duras penas un hogar para chavales marginados y perdidos en la droga; en los que no dudan en pisar el barro durante el tiempo que haga falta, conscientes de su propia pequeñez, dejando atrás familia y amigos, para darle sentido a su tiempo y poner su grano de arena; en quien es capaz de pensar en colectivo; en los que pelean por los derechos de los otros; en quien camina por las alturas sin red de seguridad; en los que te reciben con los brazos abiertos para que nunca olvides que Honduras te quiso; en los que intentan superarse y montar un pequeño negocio; en el joven que sueña con trabajar y darle lo mejor a sus hijos; en los voluntarios que empiezan a pensar que las cosas pueden ser distintas; en quien te abre las puertas de su casa de par en par sin conocerte absolutamente de nada; en quien se plantea que en su vida tiene que haber algo más, de la mano de los suyos; en quien se levanta una y otra vez a pesar de los palos que le dan; en quien hace de la honradez y la profesionalidad su religión; en los que, aún en la distancia y el Norte, se cuestionan y plantean que tal vez todo esto tenga un sentido; en el trabajador que mantiene a su familia; en quien te pasa un pañuelo de papel y una sonrisa en la cola de la puerta de embarque cuando te ve con los ojos vidriosos; en quien hace lo que hace porque cree que está bien hacerlo.

Cuando digo que ni las agencias internacionales ni las ONGs tienen la respuesta es porque hay que ser un necio para pensar que un pequeño parche puede vaciar de agua la balsa medio hundida. Adelante con ello, por supuesto, pero sólo con las cosas bien claras: que no hay héroes ni salvadores; que tu grano de arena sólo es valioso si hay un millón más de granos; que hay que pisar el terreno (y el terreno de verdad, con su barro y sus letrinas), pero sin olvidar el activismo y la coherencia desde casa; que habrá errores, frustraciones y mierda en abundancia; y que el camino, si es que es, será largo, difícil, y te necesitará bien formado y comprometido. No es que crea que pueden cambiar las cosas. Es que, si las cosas cambian, quiero estar ahí. ¿Optimismo? Más bien escaso… pero que el optimismo puede ser un lujo, y no siempre necesario. Con sentirse familia basta.

Y en esas estoy. No sé si servirá de algo, pero quiero sentirme parte de esto, como alguien pequeño en medio de algo grande, a través de lo mejor que sepa hacer y, con algo de suerte, conjugando lo personal y profesional, en un proyecto único. Quiero buscar oportunidades y aprovechar las que surjan, amar mi trabajo y trabajar para vivir; y mientras lo pueda pelear, habrá que pelearlo, aunque sea por profundo respeto a aquellos que no lo consiguieron, a pesar de merecerlo. No hacerlo sería una vergüenza. Y ya hay bastantes motivos para la vergüenza, como para seguir engordándolos.

Una vez más, gracias por recibirme con los brazos abiertos. Espero estar a la altura. Y si pierdo el Norte, te dejo que me reorientes a base de collejas y zancadillas, las que hagan falta.

Salud (y mucho Más) para todos.

Escrito el 08/17/11 20:34 | 8 comentarios | Archivado en: Reflexiones, Salud Pública

El faro que indica donde quiero estar

Algo de distancia, algo de antiguo y algo de nuevo, algo de desafío, algo de sentirse útil y de volver a futurizar, algo de lluvia, algo de sol, algo de gente increíble, algo de sentirme en casa a miles de kilómetros de todo, algo de conversaciones a medianoche, algo de idiomas y culturas distintas, algo de contar algo con fotos, algo de no pensar en mañana, algo de sentirme libre, algo de sentirme valorado y querido, algo de cantautores, algo de incomodidad, algo de familia, algo de dejarse sorprender, algo de vencer miedos día a día, algo de recuerdos, algo de tiempo para uno mismo, algo de querer cambiar el sentido de la palabra volver.

Escrito el 08/08/11 2:54 | 2 comentarios | Archivado en: Reflexiones

Pescadores de langostas

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Jóvenes buzos de Laka Tabila marchan a los puertos para el comienzo de la temporada de pesca de langosta.

El sacabuzos se pasea por las aldeas y las comunidades de la Mosquitia Hondureña. Títere de la industria pesquera, ofrecerá trabajo y dinero fácil a los jóvenes que se atrevan a dejar sus casas y sus familias por unos meses. Serán buzos y pescarán langosta en el Caribe.

El funcionamiento de esta industria es fácil. Jóvenes y no tan jóvenes, cientos de ellos, llegan a los muelles de Kaukira, Patuka y el río Plátano, para embarcarse hacia alta mar en periodos de unos doce días. Una vez allí trabajarán por parejas, con una pequeña canoa y un remo. Uno de los dos se colocará las aletas y la bombona, y bajará a las profundidades, aún vestido con sus pantalones cortos y su camiseta. El otro irá siguiéndole en superficie con la canoa, para ir recogiendo las langostas que le vaya entregando. Por la noche dormirán en las mismas canoas, en la cubierta del barco. Cobran unos 50 lempiras (2-3 dólares) por cada libra que consigan, y pueden llegar a conseguir unos 8000-10000 lempiras (400-500 dólares) al mes, durante los 8 meses que dura la temporada.

La otra cara de la moneda está, sin embargo, en los lisiados de Puerto Lempira. Y es que montones de buzos mueren o quedan parapléjicos cada año, por ir más y más profundo, sin otro equipamiento o medida de seguridad que unas aletas prestadas y una bombona de oxígeno. En las profundidades está el peligro. La necesidad de ir cada vez más profundo para encontrar langosta, junto a la ausencia de equipos que permitan conocer a qué profundidad están, y una preparación insuficiente, tiene sus riesgos. Una disminución brusca de la presión atmosférica puede hacer que los gases disueltos en la sangre formen burbujas, provocando embolias gaseosas. Cuando esto ocurre, aparece dolor, pérdida de la sensibilidad, parálisis transitorias, parálisis y lesiones permanentes, e incluso puede provocar la muerte. Los barcos pesqueros no cuentan con equipos sanitarios ni de evacuación, y no interrumpirán el periodo de pesca para trasladar a ningún buzo enfermo. Tienen que esperar varios días hasta que vuelven a tierra, a algún centro sanitario con cámara hiperbárica. Y a veces ya es demasiado tarde. Trabajan sin contrato, por lo que el gobierno hondureño no se hace cargo de sus pensiones, y los capitanes de barco sólo le compensarán con unos 500-1000 dólares para calmar a la familia y evitar denuncias, que de haberlas tampoco suelen prosperar.

Se cree que para 2013 o 2014 se prohibirá la veda de pesca de langosta, pero entonces montones de jóvenes quedarán sin trabajo en un lugar donde el paro es casi generalizado.

La temporada comienza en julio. En lo que va de mes ya han muerto tres personas. Capi, el presidente de la Asociación Misquita Hondureña de Buzos Lisiados, fue buzo durante años. Quedó discapacitado y usa una silla de ruedas de madera con una manivela. Cuenta, con cierta resignación, que sus dos hijos son ahora buzos, y que acaban de salir a la mar. No les queda otra.

Escrito el 07/30/11 18:28 | 1 comentario | Archivado en: Excluidos, Salud Pública

Atención primaria

De la salud materno infantil

Nacieron, crecieron aquí y, tras estudiar fuera, decidieron volver a trabajar en eso de la salud comunitaria. Son indígenas, como sus vecinos. Tal vez por eso confían en ellos plenamente. Se expresan regular en español, pero es que allí casi nadie habla español. Todos hablan Miskito. Conocen el nombre de sus vecinos, y saben de quién es hijo cada niño.

Su centro de salud en Laka Tabila, en medio de la Mosquitia hondureña, es humilde (con un pozo de agua y un generador para mantener refrigeradas las vacunas), pero está decorado de rincón a rincón con carteles sobre las enfermedades más comunes, con dibujos no muy bien hechos que todo el mundo puede entender fácilmente. Tienen un cuarto con una cama por si viene algún médico cubano a pasar unos meses, un pequeño cuarto de curas, una consulta, una sala para archivar los papeles, un cuarto para la farmacia, y una habitación donde suele trabajar a veces un vecino, pastor evangélico, que colabora gratuitamente como voluntario en la lucha contra la malaria.

Como el programa regional de salud no siempre tiene dinero, ellos se encargan de supervisar, más o menos y de vez en cuando, el trabajo de los colaboradores voluntarios del programa de malaria, del líder comunitario (voluntario responsable de las cuestiones de higiene en la comunidad y otros asuntos), y del promotor de salud.

El enfermero jefe tiene un motor para usar en la canoa para los desplazamientos a las comunidades, cuando desde los servicios centrales de salud les proporcionan combustible. Cuando no tienen, o no van o van caminando, a veces hasta seis horas (y otras seis de vuelta). Una vez en las comunidades hablan con las familias (hombres, mujeres y niños) en la escuela o en algún otro espacio que les presten. Una charla en Miskito sobre temas de salud, unas cuantas risas y chascarrillos para ganarse al público, vacunas para los niños según su calendario vacunal infantil, solución clorada para las madres (luego, con una gota o dos de esa solución pueden potabilizar un litro de agua), distribución de medicamentos para prevenir (y tratar, o ambas) las parasitosis intestinales, y reparto de condones (se los quitan de las manos).

Son auxiliares de enfermería, estudiantes en prácticas y enfermeros. Hombres y mujeres. Cobran unos 300 dólares al mes, trabajan de lunes a viernes, y atienden a los vecinos en su propia casa los fines de semana, en caso de urgencia. No suelen atender partos, porque de eso se encargan las parteras, en las casas de las madres, pero les ayudan, les prestan instrumental (gasas, etc), y contribuyen a formarlas. Si hay problemas, entonces intervienen. Cuando uno dice que quiere dejar el pueblo para irse a trabajar a Puerto Lempira, la capital de la provincia, los vecinos rezan para que no le permitan el traslado.

Las cosas podrían estar mejor, claro. Pero se hace lo que se puede.

Se llama Atención Primaria. Y joder, funciona.

Escrito el 07/26/11 19:50 | 1 comentario | Archivado en: Salud Pública

Doña Alejandrina

Doña Alejandrina

Estudió para perito mercantil pero hace tiempo que lo dejó, para dedicarse a su casa. Para estudiar tuvo que ir a Tegucigalpa, trabajando por la mañana, yendo a clases por la tarde, y estudiando de noche. Tal vez sea por eso que intenta, por todos sus medios, que sus hijos tengan todas las oportunidades posibles. Ellos estudian, e incluso uno de ellos ya hace sus pinitos al mismo tiempo como mecánico y electricista. Tiene especial cuidado con su hija, advirtiéndole de los riesgos que tiene la calle.

Su marido estudió con una beca Kellogg’s, viajó por varios países, y ahora trabaja como profesor de bachillerato en Puerto Lempira, enseñando español y miskito, la lengua local. Dany, hermano de Alejandrina, es técnico de salud ambiental, aunque le queda una asignatura por terminar, y está buscando trabajo en prevención de malaria, por aquí cerca. No lo tiene fácil porque todo está muy politizado, pero no deja de intentarlo.

Ahora también alquilan habitaciones en su propia casa a estudiantes y gente que viene de paso. Aquí vivo. Por la mañana me prepara café con leche, pastel de yuca, y unas galletas riquísimas… :)

Escrito el 07/21/11 18:17 | 2 comentarios | Archivado en: Reflexiones, Salud Pública

De llaves y viajes al sur

En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o mi sangre.

En Caracas, el amigo es mi pana o mi llave: pana, por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por…

- Llave, por llave -me dice Mario Benedetti.

Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.

(Eduardo Galeano, El libro de los Abrazos)

El texto de ahí arriba preside el salón de mi casa. Y lo hace porque lo significa todo, y para que no olvide las llaves que me salvan en mi día a día, en los momentos difíciles, cuando todo parece desmoronarse. Algunas están ahí siempre, otras sólo aparecen en el momento justo, y otras tal vez no sepan que lo han sido, pero todas me han abierto, en algún momento, las puertas que me han servido de escapatoria o de refugio, las que me han salvado y me salvan.

La puerta que se me abre ahora es, sin embargo, distinta. Salgo, una vez más, hacia el sur. Será poco tiempo, aunque en estas cosas la cantidad es lo de menos. Tiene un poco de todo, de escapatoria y de refugio, pero también abre paso a una estancia amplia y luminosa, llena de gente y con amplios ventanales abiertos de par en par. Es ahí donde me toca moverme las próximas semanas, intentando sacar siempre lo mejor de dentro, y dejarme sorprender por lo mejor de fuera (¿o es al revés?). Y es que, precisamente, como dice el otro gran texto de la pared de mi salón, al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

Nos vemos, gente. Un abrazo enorme.

Escrito el 07/13/11 20:25 | 3 comentarios | Archivado en: Carta desde..., Reflexiones

Alta mar

Tras un cruce de miradas, Bastian baja los ojos y Roberts le sujeta por los hombros.

-Todo va a estar bien- repite, -todo va a estar bien-.

Sin separar los labios, dejan que el silencio hable por ellos. Y que el silencio les responda. Bastian se desploma. El timón, que gira desbocado, sólo se detiene con brusquedad cuando el brazo de Roberts lo agarra violentamente. El barco se endereza, suavemente, y el viejo cirujano, con una voz casi imperceptible y los ojos más allá de donde pueden llegar, vuelve a repetirle a nadie: -todo va a estar bien-. No hay brisa, ni luna que sirva de guía, pero Bastian, sentado y deshecho en un rincón con las manos en la cabeza, sueña con dormirse y que en su sueño las velas se llenan. Para cuando el silencio ya ha dejado de dar respuesta, la madera cruje. El barco avanza.

Escrito el 07/01/11 16:34 | no hay comentarios | Archivado en: Carta desde...
Carta desde..., un nuevo proyecto

Encantado de conocerte. Mi nombre es Bruno. Soy médico y cooperante. Trabajo en salud pública e internacional con medicusmundi Catalunya, en Angola. También soy aficionado a la fotografía. Puedes ver mi fotoblog y contactar conmigo.

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