Fronteras
Cuando era pequeño, en el cole nos pidieron que dijéramos ciudades que conociéramos. Yo, sin dudar, dije Granada, Valencia, Almansa, Caravaca y Calasparra. Para mi, todo lo que se alejase de mi lugar de nacimiento, y de los sitios donde parábamos con el coche a hacer pipí al ir a ver a mis abuelos al pueblo, era un abismo desconocido. Durante mi infancia también descubrí diferencias irreconciliables con mi hermana: a ella le gustaban las Barbies, y a mi los Tentes, a ella hacerme rabiar, y a mi caer en sus trampas. En el cole, los treintaypico de la clase también eran parte de un grupo de amigos o de otro, iban al cumple de Fulanito, o al de Menganito, eran del Barcelona (con bufandas y camisetas) o del Madrid (con bufandas y camisetas), durante el recreo se compraban una palmera en el kiosko, o se comían un bocadillo casero de mantequilla y salchichón. Jugaban al fútbol, o a policacos. Iban a los grupos, o no iban a los grupos. Estaban en el equipo del colegio, o no estaban. Iban a Don Patín o no iban. Jugaban a la consola o no jugaban. Hacían botellón o no hacían. Tenían que estar en casa antes de las 23:00, o podían volver más tarde. Ligaban o no ligaban. Ciencias o letras. Buen estudiante, o mal estudiante. Y así siempre.
Desde un grupo, el entendimiento con el otro a veces era imposible. Los del equipo del colegio son unos chulos. Los que hacen cola para comprarse una palmera se pierden medio recreo entre empujones. Las Barbies sólo sirven para arrancarles la cabeza. Los grupos son una secta. Los que no salen los sábados son unos pardillos. Teruel no existe. Quien está en tu grupo, se parece más a ti, te importa más, y defenderlo o apostar por él equivale a defenderte, a apostar por ti mismo.
¿Cuándo dejamos de separarnos por etiquetas autoimpuestas?. No lo se. Cada uno tendrá su momento, supongo, aunque sin duda algunos llevan y seguirán llevando un gran retraso. A mi, la verdad, me parece, a día de hoy, profundamente vergonzoso que algunos mantengan esa concepción tan infantil de la empatía: sentir extraño al inmigrante, otorgarle menos derechos (o derechos diferentes) al que ha nacido en otro sitio, ridiculizar al que ha heredado otra cultura o forma de vida, o sufrir más por unas víctimas que por otras, según los kilómetros que te separen de ellas.
Pues no. Créeme. En el suelo no hay fronteras. No hay enormes líneas rojas separando pedazos de tierra. Están en tu cabeza. Y, mientras sigan estando, mientras sigas pensando que problemas como el SIDA son problemas de otros, responsabilidad de otros, seguirán existiendo.
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Acerca de esta entrada
Actualmente estás leyendo “Fronteras,” una entrada de Bruno Abarca.
- Publicado el
- 17 de September de 2010 a las 17:12
- Categoría:
- Nacidos sin VIH

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