El derecho a no tener miedo

No está contemplado en ningún sitio. No existe. Es un derecho fantasma, que sólo ejerce una pequeña minoría formada por aquellos que deciden cerrar los ojos. Cierran tanto los ojos que ni siquiera sienten de verdad que son minoría.

El miedo funciona, y cumple su misión. El miedo a Guantánamo. El miedo a la violencia. El miedo a la guerra. El miedo a la manipulación. El miedo al terrorismo y a los inventores del terrorismo, que son los mismos que dicen enfrentarlo. El miedo a la civilización, al progreso, al desarrollo, a la seguridad. El miedo a lo que pueda hacerme el que a su vez me tiene miedo. El miedo a no encontrar respuestas o, peor aún, a encontrarlas. El miedo a poder ser sólo tan libre como a otros les interese que lo sea. El miedo a la pobreza. El miedo a no ser aceptado por otros, a no tener amigos, a no tener pareja, a no tener familia, a no tener trabajo, a no consumir, a no producir, a ser asocial e inadaptado, a dejar de tener valor, a estar fuera. El miedo a volverme loco. El miedo a la depresión. El miedo a la crisis. El miedo al fracaso. El miedo a pensar diferente, ser diferente, y ser tratado diferente, dentro de nuestra minoría. El miedo a ser parte de la mayoría de hambrientos. El miedo a no tener voz, o a que nadie la escuche. El miedo a que mañana me pueda pasar a mi. El miedo a saber que mañana seguiré teniendo miedo.

El miedo a saber que igual que ninguna minoría privilegiada ayuda jamás a la mayoría empobrecida y explotada, tampoco lo harán contigo si, por desgracia, pasas a formar parte de ese segundo grupo. El miedo a saber que muchos de la minoría privilegiada ni siquiera se plantean esto.

El miedo a dejar de ser una persona para ser un nombre anónimo, un número, un porcentaje en una estadística, un eslabón, un consumidor, un voto, y sólo temporalmente, hasta que llegue otro que te sustituya, que llegará.

El miedo a saber que si le haces a ese miedo más caso de lo normal, ya te estás quedando “fuera”, por no ser capaz de disfrutar de esta “libertad” y “felicidad” que, gracias a Dios, tenemos.

Pido bien bajito (porque no me queda voz, y porque me da miedo que otros me escuchen), y no sé exactamente a quien, tener derecho a no tener miedo. Y aunque sé que volverá, pido también que mañana se me haya pasado.


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