Aprender a abrir los ojos
Me gusta pensar que no hago clicks por hacer, que todos los disparos que hice con mi cámara a lo largo de un paseo por cualquier sitio los hice por una razón concreta en un momento dado, y que entre todos ellos, la suerte querrá regalarme, de vez en cuando, un momento especial bien capturado, si me lo curré lo suficiente.
Progresar, voy progresando, o al menos así lo siento. Vengo de pasar una semana en Nueva York y, aunque no sé aún si tendré fotos interesantes, o al menos decentes, en el disco duro, sí me he notado diferente al mirar mi entorno, al moverme, y al tomar cada foto. En poco tiempo (¿dos años?) he pasado de disparar con cierto miedo, a confiar en lo que hago y cómo lo hago. Además, cada vez pierdo menos fotos por un mal enfoque, por una mala exposición (lo de subexponer por defecto en -2/3 si fotografío algo a pleno sol me va de escándalo) y, en menor medida, por mi movimiento y el de la cámara al presionar el disparador. Aunque sigue siendo una asignatura pendiente, en cierto modo, cada vez hago menos fotos en movimiento. Si la fotografía requiere que me detenga en seco, trato de hacerlo.
Sin embargo, lo que realmente ha cambiado, creo, ha sido mi forma de mirar. No puedo dejar de analizar las expresiones, gestos y detalles de la gente con la que me voy a cruzar en segundos. Además, cada vez le doy más importancia a la luz. No basta con el momento, ni con la composición (tarea difícil, en foto callejera), sino que si la luz no acompaña, todo se puede venir abajo. No. No da igual ir por una acera que por otra, ni avanzar en un mismo sentido por la tarde o por la mañana. Y mucho menos disparar en un día nublado que a pleno sol. También intento ganar en paciencia, aunque me cuesta. Un momento especial vale mucho, pero en ocasiones puede merecer la pena abrir los ojos un poco más en esas décimas de segundo, por si hay algo más ocurriendo allí mismo. Podemos decir que intento ir aprendiendo de los errores, que no son pocos, y plantearme pequeños desafíos, que aún así me quedan grandes.
Nueva York, para la fotografía callejera, es una ciudad asombrosa. Es pura estadística: más gente, y más distinta, siempre, y por todos lados, haciendo más cosas. Aunque no te la conozcas, aunque no tengas flexibilidad de movimientos por unas u otras zonas, al estar viajando con más gente, aunque juegues fuera de casa, hay oportunidades. Pero contiene una trampa. Es fácil, muy fácil, saturarse, y terminar concediéndole la misma importancia a todo lo que se mueve en tu entorno y a toda persona con la que te cruzas. De buscar momentos a terminar haciendo retratos que no dicen gran cosa por el simple hecho de que es fácil hacerlo, hay una línea demasiado fina. Y lo malo es que para cuando te das cuenta de esto, ya casi te toca volver a casa.
Habrá que volver, digo yo. Y mientras tanto, seguir jugando en casa, entrenando, cogiendo fondo. Click, click, y más click. Y es que salir a la calle se ha vuelto adictivo…
Acerca de esta entrada
Actualmente estás leyendo “Aprender a abrir los ojos,” una entrada de Bruno Abarca.
- Publicado el
- 08 de March de 2011 a las 22:21
- Categoría:
- Fotografía


7 comentarios
Saltar al formulario de comentarios | rss de los comentarios [?] | trackback uri [?]