El salto
Es como si todas las piezas del puzzle encajaran porque para eso lo había dispuesto así el que las metió en la caja, aunque a medio camino no lo vieras ni mucho menos claro. Esas piezas son grandes y pequeñas, momentos malos y buenos, personas que te dejan una huella imborrable o te defraudan, experiencias, viajes y desafíos superados; se van colocando poco a poco, como si, una vez más, las cosas pasasen porque tienen que pasar. En ese momento, cuando el camino está hecho y despejado, es cuando toca pillar carrerilla y saltar, con todas las fuerzas posibles, equilibrando brazos, apurando la pisada, y fijando un objetivo que, a la larga, probablemente se siga viendo distante, aunque tal vez con la sensación de estar en la dirección correcta.
Uno no puede saltar arrastrando lo innecesario. Corre el riesgo de tropezar o perder impulso y caer. Los manuales indican claramente que sólo hay que llevar lo Esencial, lo realmente Importante, más mental y emocional que físico. Al otro lado, los pilares que te sostengan serán distintos. Las ganas sustituyen a la letargia, y el inconformismo a la comodidad. El miedo y el vértigo, sin embargo, seguirán ahí… jugando su rol en relativo y cambiante equilibrio. Negarlo sería una insensatez, y paralizarse por ello, una temeridad. Eres tú quien juega con ellos.
Como si de tanto esquivar la mirada hacia el Sur éste hubiera desaparecido, ahora se hace raro mirarlo a los ojos y volver a sentirlo más cerca y más grande que nunca, eclipsando y silenciando el resto, haciendo evidente lo que a menudo temes decir en voz alta: que es el lugar donde quieres estar. Nunca cambió de sitio ni dejó de mirarte a ti. Supongo que por eso tengo la tranquilizadora sensación de que todos los pequeños pasos han sido imprescindibles para poder dar un paso mayor: el salto.
En unos días dejo Granada. En una semana más, España. Marcho a Angola. A dejarme sorprender y seguir creciendo, viviendo y aprendiendo.
De la amistad
“The three boys, one dark, one light, and one-for lack of a better word-fiery, do not notice the night. Perhaps some part of them does, but they are young, and drunk, and busy knowing deep in the hearts that they will never grow old or die. They also know that they are friends, and they share a certain love that will never leave them. The boys know many other things, but none of them seem as important as this. Perhaps they are right.”
“Los tres muchachos, uno oscuro, otro claro, y otro-a falta de otra palabra mejor-apasionado, no se percatan de la noche. Tal vez algo en ellos lo hace, pero son jóvenes y están borrachos y ocupados con una profunda convicción en sus corazones de que nunca se harán viejos o morirán. También saben que son amigos, y comparten un cierto amor que nunca les abandonará. Los muchachos saben otras muchas cosas, pero ninguna de ellas parece tan importante como ésta. Tal vez estén en lo cierto.”
Patrick Rothfuss, “The name of the wind” (“El nombre del viento”).
Brindemos.
De eso de salir a correr
Hace un año, más o menos, que empecé a correr regularmente, básicamente, por eso de querer hacer ejercicio sin tener que encerrarte en un gimnasio, sin tener que depender de nada más que tu disponibilidad y tus ganas de hacerlo.
No hay nada de poético en esto. Sudas, te agotas, te duele todo el cuerpo al día siguiente, ves como todo el mundo te adelanta, y a veces te dan calambres o dolores musculares que te obligan a parar. Para colmo, llega el invierno, le da por llover, y pasas días y días sin enfundarte las zapatillas, sin mover un músculo. Pero un día vas y logras correr más de tres kilómetros. Una semana más tarde te planteas que, por agotado que te encuentres, si sales a correr no vas a hacer menos de tres kilómetros; de ahí para arriba, siempre. Y, otro día, en mitad de la carrera, de noche, se pone a llover a cántaros y decides seguir, simplemente porque sí. Notas que los demás corredores se han ido a casa, y que los cuatro gatos con los que te cruzas van refugiándose de la lluvia como pueden, cubriéndose la cabeza con el chándal o la mochila, y te miran raro. Estás chorreando, apenas con unos pantalones cortos y una camiseta de algodón que ahora pesa un quintal, te molesta el agua en los ojos, y encima ahora te tienes que preocupar de esquivar los charcos. Cuando miras la lluvia con el contraluz de las farolas te das cuenta de que, efectivamente, está cayendo la del quince. Sigues, en completo silencio, ya sin música, hasta unos 5 o 6 kilómetros; más de lo que habías hecho nunca. En ese momento descubres que estás agotado, que las piernas apenas se mueven por algo más que inercia, que necesitas resguardarte y cambiarte de ropa… y que tienes fuerzas para afrontar el lunes, la semana, y lo que te echen. Y, a pesar de la lluvia, vuelves a casa sin bajar ni un sólo momento la mirada.
Ha habido un esguince de tobillo, un nosequé en la rodilla izquierda que aún me sigue dando la lata, y ahora una molestia tontorrona en el pie que me ha obligado a volverme nada más salir a trotar esta mañana. Pero ya he integrado esto de correr en mi día a día. Me compré unas zapatillas decentes y, recientemente, más camisetas, de esas que transpiran bien. Pienso en correr constantemente, como algo que me estimula, y me obligo a salir a correr al menos tres veces a la semana, diez kilómetros cada vez, intentando alternar algún día esporádico con series, mayor distancia, o cuestas. ¿Conoces la sensación de llevar corriendo, de noche, ya unos 6-7 kilómetros, y decidir en ese momento que vas a subir hasta la Alhambra, también corriendo? ¿La sensación de llegar exhausto allá arriba, pasar por la puerta del Palacio de Carlos V y asomarte a ver el Albaicín, con todo completamente en silencio? A veces vuelves a casa agotado, con alguna molestia que te deja preocupado, o sin saber muy bien por qué tardaste dos o tres minutos más que la última vez, pero otras veces vuelves descansado, como si ya hubieras acostumbrado a tu cuerpo a aguantar esto, e incluso con una sonrisa tonta por haberle robado treinta segundos al cronómetro.
No sé en qué pienso cuando salgo por ahí. Aunque parezca una tontería como un templo, al principio sólo pienso en lo mucho que cuesta arrancar, y al final en que ya me queda poco, que esto ya está casi terminado, y que me toca dar ese último estirón. ¿Y en medio? Pues un poco de todo… en la letra de las canciones que escucho, en el marrón que tengo pendiente de solucionar mañana, en que a ver si pillo al que va delante mía, o en lo que quiero hacer con mi vida. Y a veces, en nada, sencillamente.
A veces te deja exhausto. Pero a veces, como con esos juguetes que tienen una pequeña manivela en el costado, cada zancada te da un poco más de cuerda para el siguiente paso.
La paridad de poder adquisitivo, ¿aproximándonos al conocimiento de las desigualdades?

Seguro que has escuchado unas mil veces eso de que la línea de pobreza internacional viene definida por el Banco Mundial por unos ingresos inferiores a 1 dólar (o 1,25 o 2) por persona y día. Lo que tal vez no sabes es que ese dólar no es el dólar estadounidense, sino el dólar internacional o dólar de Geary–Khamis, una divisa “inventada” para poder hacer comparaciones entre países con distintas divisas y distintas economías. Esta nueva divisa, hipotética (nadie tiene billetes de dólares internacionales), no sólo tiene en cuenta el cambio internacional entre divisas, sino también el poder adquisitivo y el coste de los bienes en cada país; y es que si queremos hacer comparaciones entre economías distintas, tendremos que tener en cuenta que no vale lo mismo un corte de pelo en Francia que en Zambia.
Va a haber que darle un par de vueltas al concepto para terminar de entenderlo. Imagina dos países inventados: Verdecia y Azulia. La moneda en Verdecia es el Verde, los ingresos medios per cápita al mes son 2000 verdes, y una barra de pan cuesta 1 verde. En Azulia la moneda es el Azul, los ingresos medios per cápita al mes son 4000 azules, y una barra de pan cuesta 2 azules. El poder adquisitivo de una persona normal en ambos países es idéntico, y al convertir las divisas a dólares internacionales, nos resultaría que en ambos países tienen exactamente lo mismo. Ahora bien, si en Verdelia ahora se pasara a cobrar 4000 verdes de media, la ratio entre ambos países ya sería 2:1. Lo mismo pasaría si en Azulia se pasara a cobrar 2000 azules de media, o si el pan en azulia subiera a 4 azules por barra. ¿Se entiende? Lo más llamativo de estos cálculos es que son completamente independientes de la tasa de cambio entre verdes y azules en el mercado internacional. Lo mismo da si el azul y el verde valen lo mismo, que si por un azul te dan diez verdes en una oficina de cambio. Aunque el modelo es, evidentemente, una simplificación, lo esencial está ahí: para poder comparar la economía en ambos países se convierten las monedas locales en “dólares internacionales”, una moneda imaginaria, considerando el poder adquisitivo y el nivel de vida local, a partir del cálculo aproximado del precio local de una serie de productos básicos, que se pudieran encontrar en cualquier país.
Este modelo, efectivamente, nos permite hacer comparaciones que de otro modo no serían posibles. Ahora bien, ¿estamos seguros de que no tiene fallas o sesgos?:
- ¿De verdad existe una serie definida de productos cuyos precios sean proporcionales al nivel de vida de cada país, y que representen correctamente los patrones de consumo de todos? ¿Qué ocurre si la alimentación básica en Verdelia se sustenta en el arroz, y en Azulia en el maíz? ¿O si la clase media consume unas cosas y lo más pobres otras? ¿Y si, independientemente de la economía, el arroz en Azulia es un producto de lujo por no contar con producción local?. Piensa ahora en el petróleo y sus derivados. ¡Las diferencias en el precio de la gasolina entre distintos países pueden ser abismales! En 2005, el precio de un galón de gasolina, en dólares estadounidenses, variaba mucho entre países, desde los 0,12$ en Venezuela, a los 2,84$ en Taiwan, los 4,55$ en España o los 6,48 en Holanda. ¿Son esos precios proporcionales al coste de la vida local? Probablemente no. Muchas más variables entran en juego.
- ¿Qué ocurre con los productos que se venden y compran en el mercado internacional? Los precios de ciertos bienes, producidos y vendidos localmente, pueden servir correctamente de indicador en muchos casos: una canasta de alimentos, la electricidad, o un corte de pelo. Ahora bien, ¿qué hay de aquellos productos más elaborados, o de alta tecnología, que se compran y se venden en el mercado internacional?. Si yo deseo comprar un libro en Estados Unidos a través de Amazon, el precio lo tendré que pagar en dólares estadounidenses, y será idéntico independientemente del país desde el que se haga la compra. Y quien dice un libro, dice un coche, un microprocesador, alimentos de importación (¿café?), un medicamento, o un billete de avión. Si mi moneda está muy devaluada respecto al resto, por barata que sea la comida en mi país, no podré comprar ese producto. En un mundo globalizado, ¿es lógico limitarnos a hablar de poder adquisitivo en cuanto a productos locales?. En algunos casos se han establecido índices internacionales basados en el precio de una hamburguesa de McDonald’s, o un café de Starbucks, que, aunque anecdóticos, resultan a veces interesantes.
- ¿Nos sirve como referencia un precio medio nacional? Un producto, aún siendo en un mismo país, no cuesta lo mismo en áreas rurales y en áreas urbanas, ni en distintas ciudades; ni siquiera en distintos barrios o tiendas de una misma ciudad. Cuando se calcula un precio medio de referencia nacional para el cálculo del poder adquisitivo y la línea de pobreza internacional, podemos cometer el error de estar usando un precio distinto al que los más pobres pueden comprar ese producto.
- ¿De qué forma podemos tener en cuenta los servicios públicos ofrecidos por el Estado? No importa lo mismo el precio de un medicamento en un país cuando se paga del bolsillo, o por un seguro médico público y universal. Y tampoco sirve de mucho hablar del precio de canastas de productos locales, sin tener en cuenta el coste de la educación, o los servicios sociales.
No es fácil comparar el nivel económico o la pobreza en distintos países, donde se usan distintos productos, con distintos precios, y en distintas divisas, cuya tasa de cambio e inflación cambia constantemente. El esfuerzo por adoptar un índice de comparación internacional es loable, e incluye la realización de numerosos ajustes para hacerlo más fiable. Comprender todas estas cosas, para colmo, es realmente difícil. La cuestión es que, cuando hablemos de pobreza, basada en algún indicador internacional, debemos saber de qué estamos hablando, conocer los posibles sesgos o limitaciones de la medida y entender que, si esos mapas de colores se hicieran en función de una divisa fija, como el dólar estadounidense o el euro, los colores serían bien distintos. Y las repercusiones de esto pueden ser enormes.
Las desigualdades de salud, en local y desde el barro

La semana pasada Richard Jolly, del Institute of Development Studies de Londres, dejaba caer en un artículo del The Guardian que “Las metas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio están pasando por alto las desigualdades“. Y, probablemente, tiene toda la razón del mundo.
Uno de los problemas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) reside en la forma de medirlos: a través de indicadores agregados por países. Desgraciadamente, ni la situación social, ni la económica o sanitaria es igual entre los estratos más ricos o más pobres de un país en desarrollo, con lo que el problema es doble. Por un lado, se puede mejorar el indicador sin priorizar realmente a los que más necesitan las mejoras. Por otro lado, al evaluar los datos, podemos tener la falsa impresión de que todos están mejorando por igual, cuando no es así.
Evidentemente, es necesario mejorar la situación de los más pobres y reducir las desigualdades. La cuestión es que va a ser difícil lograrlo si ese enfoque de reducción de desigualdades no se incluye en los programas desde las fases de diagnóstico, recogida de datos y elaboración de programas. Y esto no siempre constituye una prioridad. Los equipos de las grandes ONGs y Agencias de Naciones Unidas suelen estar en las grandes ciudades, mientras que en las regiones más aisladas y pobres rara vez hay destinada más de una persona, y eso con suerte. Lo más habitual sigue siendo las visitas breves, de unos pocos días, de un pequeño equipo técnico, sin tiempo ni medios para visitar las zonas más alejadas o las comunidades rurales con menos recursos, donde el visitante probablemente no tendrá ni agua, ni electricidad, ni teléfono. Una visita de tres o cuatro días apenas da para algunas reuniones con las autoridades locales y para solicitar las estadísticas y cifras de que dispongan, sin poder observar las cosas con nuestros propios ojos.
Algo falla. No se pueden determinar prioridades ni planificar programas desde una oficina con aire acondicionado en el centro de una gran ciudad, por muy buen acceso a internet que tenga. Hay que embarrarse los pies, y hablar de las desigualdades de salud desde dentro, o seguirán quedando como frases preciosas en medio de larguísimos informes, de esas que lo significan todo y al mismo tiempo no significan nada.
Con los brazos abiertos
Me has recibido con los brazos abiertos. Desde mi llegada, al poner los pies en tierra en Toncontín (Tegucigalpa), y hasta mi salida, ya desde Nicaragua. Ha sido tu suelo, tu gente, tus casualidades y yo, supongo. Cruzaba los dedos para perder el vuelo de San Salvador a Madrid y poder quedarme más tiempo en el continente. Pero ya voy de vuelta. ¿De vuelta a casa? No sé, para mí que eso de “casa” está dentro, y en todas partes. El resto son paredes. Y sentirlo así me da la vida.
No sabría decir qué he aprendido, pero sí que quiero seguir aprendiéndolo. Me siento en mi sitio, en mi futuro, y así quiero que sea. No te lo voy a negar; me da miedo seguir en Granada más tiempo, porque no quiero atenuar las ganas a base de comodidad y rutina. Porque no sé cuándo podré volver a despegar rumbo al Sur y ya lo echo de menos. Estoy en deuda y quiero pagarla.
Ya he hablado en otras ocasiones de la pobreza. Jodida pobreza, que pudre desde dentro, poco a poco y para siempre; podrida de injusticia, fuente de ignorancia y más pobreza. No la vamos a arreglar ni tú ni yo (es más, hablar de “arreglar” es como decir, erróneamente, que alguna vez todo funcionó bien), ni tampoco las ONGs y organizaciones internacionales, que por cada dos pasos adelante dan uno y medio hacia atrás y otro hacia un lado, en una lenta espiral que para cuando ha recorrido trescientos sesenta grados, ya no sabe ni donde se encuentra ni hacia donde iba.
Lo de la pobreza, para entendernos, está chungo. Nos echamos las manos a la cabeza al hablar de un 20% de desempleo en España, y aún esas cifras son completamente incomprensibles en la mayoría del planeta. Tegucigalpa se divide en dos: los que viven en la calle porque no pueden entrar a un centro comercial, y los que viven en un centro comercial por miedo a salir a la calle. En las calles de Managua, una ciudad cuya identidad quedó sepultada por la violencia y los terremotos, el pegamento sigue siendo refugio para muchos que no tienen muchas más opciones. En la Mosquitia hondureña, la malaria es endémica, el acceso a agua y saneamiento es un lujo, y el naufragio de botes cargados de droga es lo que, periódicamente, reactiva la economía local y llena los bares de borrachos.
Parafraseando a Galeano (perdona), la riqueza (la de verdad, quiero decir) es lo que hacemos, juntos, para dejar de ser pobres, unos y otros. Y si uno mira, ve ejemplos de riqueza en todos lados: en los que montan a duras penas un hogar para chavales marginados y perdidos en la droga; en los que no dudan en pisar el barro durante el tiempo que haga falta, conscientes de su propia pequeñez, dejando atrás familia y amigos, para darle sentido a su tiempo y poner su grano de arena; en quien es capaz de pensar en colectivo; en los que pelean por los derechos de los otros; en quien camina por las alturas sin red de seguridad; en los que te reciben con los brazos abiertos para que nunca olvides que Honduras te quiso; en los que intentan superarse y montar un pequeño negocio; en el joven que sueña con trabajar y darle lo mejor a sus hijos; en los voluntarios que empiezan a pensar que las cosas pueden ser distintas; en quien te abre las puertas de su casa de par en par sin conocerte absolutamente de nada; en quien se plantea que en su vida tiene que haber algo más, de la mano de los suyos; en quien se levanta una y otra vez a pesar de los palos que le dan; en quien hace de la honradez y la profesionalidad su religión; en los que, aún en la distancia y el Norte, se cuestionan y plantean que tal vez todo esto tenga un sentido; en el trabajador que mantiene a su familia; en quien te pasa un pañuelo de papel y una sonrisa en la cola de la puerta de embarque cuando te ve con los ojos vidriosos; en quien hace lo que hace porque cree que está bien hacerlo.
Cuando digo que ni las agencias internacionales ni las ONGs tienen la respuesta es porque hay que ser un necio para pensar que un pequeño parche puede vaciar de agua la balsa medio hundida. Adelante con ello, por supuesto, pero sólo con las cosas bien claras: que no hay héroes ni salvadores; que tu grano de arena sólo es valioso si hay un millón más de granos; que hay que pisar el terreno (y el terreno de verdad, con su barro y sus letrinas), pero sin olvidar el activismo y la coherencia desde casa; que habrá errores, frustraciones y mierda en abundancia; y que el camino, si es que es, será largo, difícil, y te necesitará bien formado y comprometido. No es que crea que pueden cambiar las cosas. Es que, si las cosas cambian, quiero estar ahí. ¿Optimismo? Más bien escaso… pero que el optimismo puede ser un lujo, y no siempre necesario. Con sentirse familia basta.
Y en esas estoy. No sé si servirá de algo, pero quiero sentirme parte de esto, como alguien pequeño en medio de algo grande, a través de lo mejor que sepa hacer y, con algo de suerte, conjugando lo personal y profesional, en un proyecto único. Quiero buscar oportunidades y aprovechar las que surjan, amar mi trabajo y trabajar para vivir; y mientras lo pueda pelear, habrá que pelearlo, aunque sea por profundo respeto a aquellos que no lo consiguieron, a pesar de merecerlo. No hacerlo sería una vergüenza. Y ya hay bastantes motivos para la vergüenza, como para seguir engordándolos.
Una vez más, gracias por recibirme con los brazos abiertos. Espero estar a la altura. Y si pierdo el Norte, te dejo que me reorientes a base de collejas y zancadillas, las que hagan falta.
Salud (y mucho Más) para todos.
El faro que indica donde quiero estar
Algo de distancia, algo de antiguo y algo de nuevo, algo de desafío, algo de sentirse útil y de volver a futurizar, algo de lluvia, algo de sol, algo de gente increíble, algo de sentirme en casa a miles de kilómetros de todo, algo de conversaciones a medianoche, algo de idiomas y culturas distintas, algo de contar algo con fotos, algo de no pensar en mañana, algo de sentirme libre, algo de sentirme valorado y querido, algo de cantautores, algo de incomodidad, algo de familia, algo de dejarse sorprender, algo de vencer miedos día a día, algo de recuerdos, algo de tiempo para uno mismo, algo de querer cambiar el sentido de la palabra volver.




